domenica 26 novembre 2017

La necesidad de pensarte hizo que despertara de mi ensueño,
y cuando quise dibujarte, ya no te recordaba.
Traté, inútilmente, de hacer memoria, esculqué mi rostro frente al espejo,
fue entonces cuando advertí que había olvidado todo de ti.
Olvidé tu perfume, y las líneas de tu rostro que creía recordar.
Olvidé tu inhabitual sonrisa cuando reposas: magnífica y silenciosa.
Olvidé tus ruidosas mañanas de café caliente,
y tus noches de madres inconsolables
que lloran por un hijo arrancado.
Olvidé el conforto del abrazo materno, los ojos orgullosos de mi padre.
Olvidé, amargamente, ser hija, hermana, nieta, sobrina, prima, amiga,
y recordé que olvidé el miedo de estar sola.
Olvidé, también, la dieta de mi abuela
y, de pronto, adelgacé.
Olvidé que me hacías enfadar para luego seducirme con tus blandas manos;
olvidé el tibio placer de sentirte mía, sólo mía.
Y de ser sólo tuya.
Olvidé tus dimensiones, tu sabor, los lugares comunes, los viejos amigos;
a los que se fueron y que no pude llorar.
No hubo tiempo.
Olvidé que tratar de recordarte me llena de burbujas la garganta.
Entonces, recordé que una vez traté de olvidarte,
cuando me fui a perseguir el sueño de europa.
Recordé que estando allá no dormía,
olvidé que te extrañaba en exceso,
y, al recordarlo, tuve que estudiarte en un idioma otro
para comprender que nunca supe amarte.
Recordé también que nunca fui buena para dibujar,
y que tampoco tengo buena memoria.
Se me ocurre que lo que quiero recordar es un sueño mal recordado,
un espejismo indescifrable de un no lugar;
se me ocurre que lo que quiero recordar es un tiempo inexistente
que marca el andar de un olvido que insiste en ser recordado,
nunca sabré si de verdad existió.

venerdì 27 ottobre 2017

La teoría dice que estamos destinados a caer.
Si apoyamos un delgado libro, sin sostén, cae.
No hay modo que permanezca,
salvo un par de segundos, de pie.
Ahora, si el libro tuviera en el soporte inferior
una base improvisada, al menos, con dos láminas
quizá permanecería más tiempo de pie.
No podemos olvidar al lector descuidado:
ése que entra con sus lentes gruesos,
aliento a café, aire soberbio, y con los brazos
completa un triángulo que inicia desde la punta de su cabeza,
hasta la base recta de su cintura.
Este lector pasará sin percatarse del esfuerzo
del libro por estar de pie, con el fin de ser comprado,
y con un giro impreciso, lo tirará:
la teoría se comprueba cierta.
Entonces, me pregunto por el sentido de la caída;
evitamos siempre la caída,
y recaemos en los mismos paradigmas.
No queremos amar porque no queremos caer.
Tememos triunfar porque tememos caer muchas veces
antes de lograrlo.
Quizá la respuesta no sea evitar, sino caer.
Caer de peso para sentirnos vivos de verdad.
Caer de peso y levantarnos,
y seguir cayendo y levantarnos.
Quizá la caída de ese libro
signifique la llegada de un lector menos torpe,
que al notar su caída, lo abre, y cae, a su vez,
en las líneas de aquella narración.
Y, al caer en la lectura, levante la mirada
y caiga en laberintos de creación
y escriba para intentar levantar a los lectores caídos,
que sienten no poder levantarse solos.
Es eso: un intento de levantar al caído
para que vuelva a caer
porque esta es la teoría que manejamos.
Quizá el lector torpe nunca lo haga caer,
llamémoslo simplemente: suerte o azar.
Quizá por suerte o por azar el lector menos torpe
nunca encuentre dicho libro,
ergo, nunca caerá, ni se levantará,
y la lucidez nunca iluminará y oscurecerá su pensamiento.
Por lo tanto, su historia será la misma que tuvo
antes de llegar a la librería:

evitar caer.

venerdì 20 ottobre 2017

En cada respiro, ingiero una cantidad exorbitante de aire
hasta ponerme colorada. Los pulmones lo contienen tanto
que triplican su tamaño y luego desmayan por la fatiga,
cuando eso sucede, siento cosquillas y exhalo abruptamente.
En cada respiro, descubro una parte de mí que no conocía:
mis tejidos bifurcan y escriben historias nuevas en las líneas de mi rostro,
y las ondas negras que recorren mi espalda destiñen;
y mis manos, y mis pies, van encogiéndose.
De pronto, todo eso se detiene cuando tu recuerdo
dibuja mi boca, la desdibuja, la inventa,
la pellizca, la agranda, la hace sonreír,
la hace hablar.
De pronto, recuerdo el palpitar de tu corazón sobre mi pecho
que sabe tanto a mañanas de café y de pan sumergido en el café,
que bebemos de una misma taza.
Te digo, amor, que ese recuerdo sabe también a mañanas de amor
consumado en un cuarto alquilado con las paredes pintadas de nos,
y, desnudos, hablamos de laberintos o discutimos y nos enfadamos.
En ese recuerdo, la serenidad contagia mis pensamientos
al contemplar la dulzura de tu cuerpo tibio reposar;
beso tu hombro derecho, donde apoyo mi cabeza,
y cierro los ojos para recordar al revés en la vejez.
Vos, esto, no lo tenés que saber. Vos tenés que comerte un helado,
tararear melodías para que yo, desde acá, pueda escucharlas.
Vos tenés que dormir, despertarte, bañarte, vestirte, salir, comer.
Vos tenés que crear, fantasear, sentir placer, volar, enojarte, amar.
“¿Qué hora es? ¡No lo sé!” y tenés que partir.


Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 21 de octubre 2017

Anaida Sanguino Cárdenas

mercoledì 27 settembre 2017



Hay algo en el misticismo de tu andar solitario
que no me deja descansar,
que atrinchera mis dedos, y forman un puño,
muy parecido al que impide
las palabras que quisiera decir en tu presencia.
Traigo el cuerpo para armar, en cajas chinas,
y lo dejo sobre tu cama, soy yo esta que ves:
un amasijo de sílabas que canta tangos y danza desnuda.
Al pronunciar tu nombre, mi boca se llena de cenizas;
aquí, adentro, desde donde te escribo,
la aritmética es prudentemente taxativa,
y recojo mis cabellos en un desordenado laberinto
que refleja la autenticidad de mi blando temor,
y expongo mi pecho joven ante tus ojos,

soy esta que ves, y nada más.


Anaida Sanguino Cárdenas

martedì 26 settembre 2017

Escribo desde la misantropía
versos de amor desigual
que huelen a sal y a tiempo;
no hubo adioses, ni enojos,
ni inquietudes, ni fotografías.
En silencio, sólo el gato que maúlla,
y el tintineo de mis dedos
que lloran letras
destinadas a la intemperie.
Y tú, con tu mirada impasible, y con tu voz tan grave,
intervienes en mi obstinado pensamiento
de no querer recordar.
Escribo sobre estas paredes blancas,
que nos vieron nacer,
nuestro abecé eterno,
que descascara otras historias
escritas en conversaciones universales,
y en sudores tibios, y en sábanas revueltas,
y en hojas de papel aquí y allá,
y en diarios censurados por mi voluntad.
En mis sueños, te veré tan lejos
que inventaré nuevos caminos para llegar a ti,
y besaré tu frente, tratando de borrar tus afanes,
y arrullaré sobre mi pecho tus ganas de ser niño.
En mis sueños, crearé colores brillantes para ti,
y correré contigo, y hacia ti,
y abrazaré tu espalda,
y te diré que soy infinitamente afortunada.
Y cuando despierte,

volveré a escribir otra poesía porque ya no estás.

Anaida Sanguino Cárdenas

venerdì 22 settembre 2017



"Y sé muy bien que no estarás."
J.Cortázar



En la foto que guardo
en mi mesa de noche
habrá otra sonrisa.
Los buenos días tendrán
los mismos matices,
y abundarán los convencionales
cómo estás.
Hallaré, amor mío,
sobre la mesa
un montoncito de migas
de tu comida,
y saborearé los besos que nunca nos dimos
posando mis dedos en el borde
del vaso del que bebiste.
Haré el amor, pero no contigo;
descifraré el misterio de otra piel;
me seducirán otros ojos,
y acostumbraré mis oídos a oír otra voz.
Seré gentil, como lo fui contigo;
abrazaré otro pecho, pero no el tuyo;
me regalarán flores,
y me dirán otras palabras.
Cuando la noche tiña el cielo de estrellas,
pensaré siempre en la foto
que guardo en mi mesa de noche,
y le contaré de ti a la oscuridad
tratando de recordar tu nombre. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Anaida Sanguino Cárdenas

giovedì 14 settembre 2017

Elegimos escribir nuestra historia en la lumbre;
escogimos, tú y yo, un camino otro,
un cielo otro.
Ya es primavera, y los susurros de nuestras voces,
resuenan entre las hojas de los árboles:
testigos que vieron brotar glicinias
en los lugares que, una vez, nos dieron reposo.
El caprichoso tiempo detuvo su andar,
y olfateó los dulces aromas de nuestras jóvenes cabezas;
el corazón del viento palpitó sobre nuestras bocas,
cuando intentamos darle un nombre nuevo.
De pronto, la noche fue tiñendo la puesta del sol,
escogimos, tú y yo, estrechar nuestras manos, y guardar silencio.


Anaida Sanguino Cárdenas

domenica 10 settembre 2017

Galopan las palabras
sobre el agua del pensamiento,
del otro lado:
tú.

Las constelaciones dibujan
tu rostro en este universo,
y en otros universos.
Desdoblan las dimensiones;
el agua evapora;
la tierra seca,
sólo tú del otro lado.

Tus ojos guiaron las palabras
hasta la orilla,
que se posan en fila
ante ti.
Y roban mi respiro.

Queda esta alma mía
a la intemperie,
pero no temo a la oscuridad.
Las estrellas iluminan
mi frente con sus destellos antiguos,
y veo mi cuerpo a lo lejos,

mientras vuelo hacia ti.



Anaida Sanguino Cárdenas

lunedì 4 settembre 2017

“Casi no sé de quién son estas manos,
las manos que acarician tus mejillas(...)”
J.R. Wilcock


Desconozco cada centímetro de este cuerpo
porque todo, todo, lo entregué al viento
para que trajera tu perfume hasta aquí.

Las tardes urbanas trajeron mensajes oceánicos
y el tiempo ralentizó ante mis ojos;
¿quién eres tú, que pronuncias mi nombre?

La ignominia esparcía sus chispas
en estas cuatro paredes,
que ahora están llenas de ti.

En la intimidad busco tu rostro,
inaccesible:
son tan humanas estas manos;

y la generosa escarcha que rodea tu figura
cubre la desnudez que devora mis miedos;
¿quién eres tú, que pronuncias mi nombre
y haces florecer mis laberintos?

a G. P.



Anaida Sanguino Cárdenas