En cada respiro, ingiero una cantidad exorbitante de aire
hasta ponerme colorada. Los pulmones lo contienen tanto
que triplican su tamaño y luego desmayan por la fatiga,
cuando eso sucede, siento cosquillas y exhalo abruptamente.
En cada respiro, descubro una parte de mí que no conocía:
mis tejidos bifurcan y escriben historias nuevas en las líneas de mi rostro,
y las ondas negras que recorren mi espalda destiñen;
y mis manos, y mis pies, van encogiéndose.
De pronto, todo eso se detiene cuando tu recuerdo
dibuja mi boca, la desdibuja, la inventa,
la pellizca, la agranda, la hace sonreír,
la hace hablar.
De pronto, recuerdo el palpitar de tu corazón sobre mi pecho
que sabe tanto a mañanas de café y de pan sumergido en el café,
que bebemos de una misma taza.
Te digo, amor, que ese recuerdo sabe también a mañanas de amor
consumado en un cuarto alquilado con las paredes pintadas de nos,
y, desnudos, hablamos de laberintos o discutimos y nos enfadamos.
En ese recuerdo, la serenidad contagia mis pensamientos
al contemplar la dulzura de tu cuerpo tibio reposar;
beso tu hombro derecho, donde apoyo mi cabeza,
y cierro los ojos para recordar al revés en la vejez.
Vos, esto, no lo tenés que saber. Vos tenés que comerte un helado,
tararear melodías para que yo, desde acá, pueda escucharlas.
Vos tenés que dormir, despertarte, bañarte, vestirte, salir, comer.
Vos tenés que crear, fantasear, sentir placer, volar, enojarte, amar.
“¿Qué hora es? ¡No lo sé!” y tenés que partir.
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 21 de octubre 2017
Anaida Sanguino Cárdenas
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