domenica 1 aprile 2018

un borrador que da risa

Caímos en una espiral donde la palabra dulce,
aquella que florecía en nuestros labios,
nació con la pereza de nombrar los secretos de lo bello.
Nuestra historia es un borrador lleno de tachas,
y somos tinta esparcida sobre hojas blancas,
que deja manchados los dedos de quien una vez escribiera.
Esa pereza, ya nuestra, por venganza nos hace clavar la mirada
a un horizonte azul y amarillo, idéntico al de ayer, al de siempre.
Así, empezamos a confiar fervientemente en el azar
nos amontonamos en filas desordenadas,
esperando algo que no sabemos qué. Y con esperanza.
Entonces descubrimos que un mar infinitamente redondo
nos cubre los ojos, y desconocemos todo lo que hay en él,
y sonreímos con toda la dentadura
creyendo que es sólo una broma del tiempo.
Y terminamos por reírnos de todo,
no soportamos el silencio que pronuncia su nombre.
Entonces esnifamos un poco de alegría
para ir más allá de nuestra tristeza
porque desconocemos a ese sujeto que peinamos,
cepillamos, lavamos, vestimos y alimentamos.
En qué tiempo soñar, si el tiempo ya no es,
nos queda sólo explorar la geometría de la palabra,
aquella que fue olvidada porque ya no la entendemos.
Son sólo pocos los entendedores de lo bello
y los encerramos en el olvido de un geriátrico, porque no sabemos descifrar el secreto.

martedì 13 febbraio 2018





Traigo las manos llenas de estrellas
para vendar los ojos de la noche.
Y la luna, luna; mía y tuya,
censura mi voz y evoca
mi vista,
mi tacto,
mi oído
y prepara mi muerte, inexorable,
con su lengua de nácar,
con su palabra cósmica.




Santa Fe, 11 de mayo 2016
Anaida Sanguino Cárdenas

mercoledì 10 gennaio 2018

Cada combinación de letras, y de números,
configura una posibilidad precisa,
que nos obliga a decidir
o condescender el azar.
Entonces, la aritmética calcula
el perímetro de lo que creemos real,
volviéndolo una cifra común,
un número pronunciable,
todo porque rechazamos su intangibilidad.
A esto sigue, la obsesión por el tiempo:
hacemos monumentos que lo detienen o adelantan;
lo inmortalizamos con letras sobre telas blancas,
o de cara a los recuerdos
que evoca un whiskey.
Aquí, ahora, lo que de verdad existe,
interfiere continuamente en nuestro sistema,
interviene nuestros pensamientos;
naufraga en el mar de nuestros temores,
bombardea nuestros ojos con carteles de gran ciudad;
invade de ruidos nuestro silencio,

testificando nuestra incapacidad de estar solos.
Lo que vos querés de mí,
es lo que yo quiero de vos, pero al revés.
Siento la fatiga de la lucidez llegar a mí,
porque soy remotamente poeta.
Tú, con un cúmulo de ecuaciones
que afortunadamente ignoro,
me mirás como nunca antes
y yo te miro, pero no te encuentro.
Cada palabra que conozco, revive en tu voz
algo que desconozco: lo que querés de mí,
es lo que yo quiero de vos, pero al revés.
Las noches serán más oscuras,
y el silencio cada vez más intenso:
tal vez nunca fue, nunca será.
Hubo que florecer la primavera en mi jardín,
para que viera dos colibríes tejer un nido
y contemplar con alegre melancolía

que el amor nacía ante mí.
Dejé el café sobre la mesa, me acerqué a la ventana
y vi tus huellas serpentear una partida.
Mi vientre engendró un tibio aire que ascendía por el cuerpo,
hasta llegar a los ojos, se detuvo, y salió tintineando un adiós.
Miré la ventana y  las huellas, una mano sobre la otra:
siempre quise poseerte. Nunca por dosis, toda, toda mía,
sólo para mi. Poseer, sin ser poseída.
Ahora veo tus huellas alejarse
y me sofocan sensaciones abrumadoras.
El café sobre la mesa, una mano sobre la otra.
No tengo nada más que esto, te vas.
Miré la ventana, vi mi reflejo desafiar a este lado,
la cara derretida, los senos duros, una mano sostiene la otra,
y el café sobre la mesa.
Encender una fogata, dar fuego a todo.
No puedo poseerte sin ser poseída.
Miré la ventana, empezaba a llover,
deseé que las huellas desaparecieran pronto,
para no seguirte, no quiero ser poseída.
Quizá nos encontraríamos en el bar que nos gusta,
nos tomaríamos unas copas
y terminaríamos haciendo el amor.
Quizá nos encontraríamos en el mercado
y descubriríamos que seguimos comprando
las mismas cosas que comprábamos juntas.
Miré a la ventana y las huellas seguían allí,
el café aún sobre la mesa,
mi reflejo que trataba de hacerme enojar,
una mano sobre la otra,
y la soledad.

domenica 26 novembre 2017

La necesidad de pensarte hizo que despertara de mi ensueño,
y cuando quise dibujarte, ya no te recordaba.
Traté, inútilmente, de hacer memoria, esculqué mi rostro frente al espejo,
fue entonces cuando advertí que había olvidado todo de ti.
Olvidé tu perfume, y las líneas de tu rostro que creía recordar.
Olvidé tu inhabitual sonrisa cuando reposas: magnífica y silenciosa.
Olvidé tus ruidosas mañanas de café caliente,
y tus noches de madres inconsolables
que lloran por un hijo arrancado.
Olvidé el conforto del abrazo materno, los ojos orgullosos de mi padre.
Olvidé, amargamente, ser hija, hermana, nieta, sobrina, prima, amiga,
y recordé que olvidé el miedo de estar sola.
Olvidé, también, la dieta de mi abuela
y, de pronto, adelgacé.
Olvidé que me hacías enfadar para luego seducirme con tus blandas manos;
olvidé el tibio placer de sentirte mía, sólo mía.
Y de ser sólo tuya.
Olvidé tus dimensiones, tu sabor, los lugares comunes, los viejos amigos;
a los que se fueron y que no pude llorar.
No hubo tiempo.
Olvidé que tratar de recordarte me llena de burbujas la garganta.
Entonces, recordé que una vez traté de olvidarte,
cuando me fui a perseguir el sueño de europa.
Recordé que estando allá no dormía,
olvidé que te extrañaba en exceso,
y, al recordarlo, tuve que estudiarte en un idioma otro
para comprender que nunca supe amarte.
Recordé también que nunca fui buena para dibujar,
y que tampoco tengo buena memoria.
Se me ocurre que lo que quiero recordar es un sueño mal recordado,
un espejismo indescifrable de un no lugar;
se me ocurre que lo que quiero recordar es un tiempo inexistente
que marca el andar de un olvido que insiste en ser recordado,
nunca sabré si de verdad existió.

venerdì 27 ottobre 2017

La teoría dice que estamos destinados a caer.
Si apoyamos un delgado libro, sin sostén, cae.
No hay modo que permanezca,
salvo un par de segundos, de pie.
Ahora, si el libro tuviera en el soporte inferior
una base improvisada, al menos, con dos láminas
quizá permanecería más tiempo de pie.
No podemos olvidar al lector descuidado:
ése que entra con sus lentes gruesos,
aliento a café, aire soberbio, y con los brazos
completa un triángulo que inicia desde la punta de su cabeza,
hasta la base recta de su cintura.
Este lector pasará sin percatarse del esfuerzo
del libro por estar de pie, con el fin de ser comprado,
y con un giro impreciso, lo tirará:
la teoría se comprueba cierta.
Entonces, me pregunto por el sentido de la caída;
evitamos siempre la caída,
y recaemos en los mismos paradigmas.
No queremos amar porque no queremos caer.
Tememos triunfar porque tememos caer muchas veces
antes de lograrlo.
Quizá la respuesta no sea evitar, sino caer.
Caer de peso para sentirnos vivos de verdad.
Caer de peso y levantarnos,
y seguir cayendo y levantarnos.
Quizá la caída de ese libro
signifique la llegada de un lector menos torpe,
que al notar su caída, lo abre, y cae, a su vez,
en las líneas de aquella narración.
Y, al caer en la lectura, levante la mirada
y caiga en laberintos de creación
y escriba para intentar levantar a los lectores caídos,
que sienten no poder levantarse solos.
Es eso: un intento de levantar al caído
para que vuelva a caer
porque esta es la teoría que manejamos.
Quizá el lector torpe nunca lo haga caer,
llamémoslo simplemente: suerte o azar.
Quizá por suerte o por azar el lector menos torpe
nunca encuentre dicho libro,
ergo, nunca caerá, ni se levantará,
y la lucidez nunca iluminará y oscurecerá su pensamiento.
Por lo tanto, su historia será la misma que tuvo
antes de llegar a la librería:

evitar caer.