mercoledì 10 gennaio 2018

Cada combinación de letras, y de números,
configura una posibilidad precisa,
que nos obliga a decidir
o condescender el azar.
Entonces, la aritmética calcula
el perímetro de lo que creemos real,
volviéndolo una cifra común,
un número pronunciable,
todo porque rechazamos su intangibilidad.
A esto sigue, la obsesión por el tiempo:
hacemos monumentos que lo detienen o adelantan;
lo inmortalizamos con letras sobre telas blancas,
o de cara a los recuerdos
que evoca un whiskey.
Aquí, ahora, lo que de verdad existe,
interfiere continuamente en nuestro sistema,
interviene nuestros pensamientos;
naufraga en el mar de nuestros temores,
bombardea nuestros ojos con carteles de gran ciudad;
invade de ruidos nuestro silencio,

testificando nuestra incapacidad de estar solos.
Lo que vos querés de mí,
es lo que yo quiero de vos, pero al revés.
Siento la fatiga de la lucidez llegar a mí,
porque soy remotamente poeta.
Tú, con un cúmulo de ecuaciones
que afortunadamente ignoro,
me mirás como nunca antes
y yo te miro, pero no te encuentro.
Cada palabra que conozco, revive en tu voz
algo que desconozco: lo que querés de mí,
es lo que yo quiero de vos, pero al revés.
Las noches serán más oscuras,
y el silencio cada vez más intenso:
tal vez nunca fue, nunca será.
Hubo que florecer la primavera en mi jardín,
para que viera dos colibríes tejer un nido
y contemplar con alegre melancolía

que el amor nacía ante mí.
Dejé el café sobre la mesa, me acerqué a la ventana
y vi tus huellas serpentear una partida.
Mi vientre engendró un tibio aire que ascendía por el cuerpo,
hasta llegar a los ojos, se detuvo, y salió tintineando un adiós.
Miré la ventana y  las huellas, una mano sobre la otra:
siempre quise poseerte. Nunca por dosis, toda, toda mía,
sólo para mi. Poseer, sin ser poseída.
Ahora veo tus huellas alejarse
y me sofocan sensaciones abrumadoras.
El café sobre la mesa, una mano sobre la otra.
No tengo nada más que esto, te vas.
Miré la ventana, vi mi reflejo desafiar a este lado,
la cara derretida, los senos duros, una mano sostiene la otra,
y el café sobre la mesa.
Encender una fogata, dar fuego a todo.
No puedo poseerte sin ser poseída.
Miré la ventana, empezaba a llover,
deseé que las huellas desaparecieran pronto,
para no seguirte, no quiero ser poseída.
Quizá nos encontraríamos en el bar que nos gusta,
nos tomaríamos unas copas
y terminaríamos haciendo el amor.
Quizá nos encontraríamos en el mercado
y descubriríamos que seguimos comprando
las mismas cosas que comprábamos juntas.
Miré a la ventana y las huellas seguían allí,
el café aún sobre la mesa,
mi reflejo que trataba de hacerme enojar,
una mano sobre la otra,
y la soledad.